A partir del cuadro «El cuarto estado» y «Novecento», la gran película de Bertolucci, escribo en La Gaceta de la Iberosfera sobre el Primero de Mayo. Hoy la gran tensión no es sólo entre trabajo y capital, sino también entre élites globales y clases populares.
En efecto, como describe Vivak Ramaswani en «Woke, Inc», las grandes corporaciones están impulsando -en realidad, están imponiendo- un conjunto de valores y de conductas que les permiten seguir creciendo (por ejemplo, mediante la creación de nuevas necesidades) al tiempo que distraen a la opinión pública a través de las «causas sociales» que encubren su verdadero móvil: la codicia.
La Agenda 2030 es uno de los instrumentos para imponer ese orden global que condena a los trabajadores a la precariedad o, en algunos casos como los que puedan ser sustituidos por robots, a la pobreza o la dependencia total del Estado. La comparten los grandes partidos tanto a la derecha como a la izquierda del arco parlamentario. En palabras de Manuel García Margallo, «la Agenda 2030 es el Evangelio».
Sin embargo, en sus fundamentos antropológicos, la Agenda 2030 es totalitaria y antihumana. So pretexto de salvar el planeta, pretende imponer a la inmensa mayoría de los seres humanos modos de vida que las élites globales no sólo no comparten, sino que desprecian.
Las luchas obreras de los siglos XIX y XX tuvieron páginas heroicas y luminosas, pero sería un error volver sólo la vista atrás sin afrontar los desafíos del futuro. Las viejas tensiones no han desaparecido, pero se han hecho más complejas. Las políticas identitarias han ido diluyendo la relevancia del trabajo como factor de unidad y solidaridad. Antes, en el Cercanías, uno veía «trabajadores», «currantes», pero ahora ve identidades fluidas y tan atomizadas que es prácticamente imposible que tengan nada en común más allá de una precariedad -por no llamarla directamente pobreza- que está devorando a las clases medias.
Es inevitable sentir cierta nostalgia.
