Diecisiete instantes de una primavera

La editorial Hoja de Lata ha publicado la célebre novela rusa de espías de Yulián Semionov “Diecisiete instantes de una primavera”, en la que se basa la serie que marcó toda una generación de soviéticos en los años 70. En el prólogo, Olga Semionova y Sergei Estafeev recuerdan su emisión en agosto de 1973 cuando “el pueblo soviético –médicos y conductores de autobuses, profesores y funcionarios del partido- se sentó puntualmente delante de sus pequeños televisores en blanco y negro” para ver cómo la inteligencia de la URSS combatía los esfuerzos del III Reich por alcanzar una paz separada con los aliados occidentales.

Todo empezó con una novela y con un personaje: Vsévolod Vladímirov, conocido por su falsa identidad de Maxim Isaev o, como infiltrado en el alto mando nazi, Otto von Stirlitz. Isaev lo ha visto todo, lo ha vivido todo, lo ha temido todo y todo lo ha superado. Por supuesto, ha luchado en la guerra de España -donde ha combatido en el Jarama- y es un decidido antifascista. Cuando paso junto al puente de Arganda o por el cerro Melero, a veces pienso que Isaev podría haber estado allí con los brigadistas del Batallón Garibaldi que lucharon cuerpo a cuerpo. Tengo que escribir más sobre los rusos que lucharon en la Guerra Civil Española (en los dos bandos, por cierto).

Al protagonista de esta novela, se lo suele comparar con James Bond pero el símil no le hace justicia al ruso. Bond es atractivo y destaca por su ingenio. Isaev, en cambio, tiene la serenidad de quien confía en sus propias capacidades –la inteligencia y la valentía-  así como en la justicia de su causa. Bond juega al póker, Isaev al ajedrez. El inglés es listo. El soviético es brillante.

Lo admito: me cae bien Isaev. De alguna forma, Bond puede ser admirable pero es casi imposible identificarse con él. El soviético, en cambio, se enfrenta a la profundidad filosófica del horror del siglo XX. Bond puede tener coches caros pero Isaev ejerce su oficio con un aire existencialista que nos desarma y, a veces, nos conmueve. Bond no envejece pero tampoco madura. Este espía soviético que se la juega contra Walter Schellemberg –el famoso jefe del contraespionaje político del Reich- ha visto pasar ante sí el terror y la utopía de la mano. Es inevitable lamentar que solo sea un personaje de novela.

No dejéis de leer “Diecisiete instantes de una primavera”.

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