Hoy es la Fiesta Nacional de España y el Día de la Hispanidad, que conmemora aquella jornada en que Rodrigo de Triana, marinero de Lepe enrolado en La Pinta, avistó tierra en la madrugada del 12 de octubre a eso de las dos de la madrugada. Es cierto que algunos estudios sostienen que no fue él sino Pedro de Lope, otro onubense. De todas formas, es indiscutible que ese avistamiento de la isla de Guanahaní cambiaría la Historia del mundo.
Desde el extremo occidental de Europa, portugueses y españoles encarnaron durante tres siglos el espíritu del Renacimiento hacia el Levante y el Poniente. De esa aventura de navegantes, descubridores, misioneros y conquistadores nacieron las Américas que hoy conocemos y un Mediterráneo que hoy hemos olvidado. En aquel tiempo, España escribió páginas imborrables de la memoria del mundo.
Me gusta pensar que, en la tripulación de Colón, iba un mosaico prodigioso de la España de su tiempo. Juan de la Cosa, propietario de la Santa María, era natural de Santoña. Rodrigo de Escobedo, notario, era segoviano, y había dos toneleros y un contramaestre –Chachu- de Lequeitio. Juan Martines de Acoque era vasco de Deva. Me los imagino hablando entre sí en euskera, esa lengua antiquísima de España. A bordo del navío de Colón iba también un judío converso: Luis de Torres, nacido como Joseph Ben Halevi Haivri e intérprete de hebreo y árabe. Las tripulaciones de la Pinta y La Niña las formaban andaluces, vascos, un portugués de Tavira y algún italiano de Génova y Calabria. Se me hace un poco difícil de creer que no hubiese ninguno de Bilbao. Habrá que ver de dónde venían sus familias.
Hoy se celebra el comienzo de una de las grandes gestas de la humanidad con sus muchas sombras y sus muchísimas luces. España ha protagonizado otras –ahí está la formidable aventura de la Corona de Aragón en el Mediterráneo, la vuelta al mundo de Magallanes y Elcano o la presencia española en el Extremo Oriente. Se llegó a concebir la conquista de China. En aquella época, España, las Españas, eran una cosa muy seria.
La memoria sirve para proyectarnos hacia el futuro. Sabemos a dónde vamos cuando sabemos de dónde venimos. Por eso, esta fecha tiene un especial significado en la hora que vive España.
Nuestro país no es una casualidad de la Historia sino el resultado de un esfuerzo de siglos. Somos los herederos de un patrimonio prodigioso de valores, memorias y lenguas que se ha hecho universal. Si es cierto que la patria puede ser una lengua y un lenguaje, la mía es diversa e inagotable porque comprende muchas formas de hablar y describir el mundo. De una forma u otra, todas están en esa tripulación de Colón, en aquellos barcos de aragoneses y catalanes que llegaron a Grecia, en los gallegos de la emigración –ahí está Buenos Aires como quinta provincia gallega- y en esos judíos sefardíes que llevaron por el mundo entero la memoria de una tierra que los había traicionado y que ha vuelto a acogerlos. España son también los moriscos a los que Cervantes dio voz a través de Ricote y los gitanos tantos siglos perseguidos.
En el momento actual –cuando algunos creen que España es una ficción o un problema- hemos de recordar que, entre las naciones más antiguas y asombrosas del mundo, se cuenta la nuestra y que por ella vivieron y murieron generaciones de mujeres y hombres en nuestra tierra y lejos de ella. En este tiempo, solo ella es la garantía de libertad, igualdad y prosperidad para todos. Hoy, la idea de España es la única que se alza frente a los delirios de los nacionalistas y los peligros del populismo.
Ojalá estemos a la altura de preservar su unidad y su riqueza, es decir, nuestro futuro.
