La responsabilidad de llevar mascarilla (y de imponer su uso)

En toda España hay rebrotes de #Coronavirus.
Yo llevo algunos días escribiendo en Twitter (@RRdelaSerna) sobre lo que veo. Sin duda, hay gente que se ha tomado en serio el uso de mascarillas y de gel desinfectante, así como la distancia social y otras medidas de seguridad. Sin embargo, a medida que han pasado las semanas, ha habido una creciente relajación y, a mi juicio, una falta de efectividad de las normas que imponían el uso de la mascarilla en determinadas circunstancias y otras cautelas como, por ejemplo, límites en los aforos de los locales.
Quizás lo primero fueron los aforos: las tiendas pequeñas con más gente de la permitida -nadie quería decirle a un cliente que esperase fuera después de semanas de cierre- y los locales de ocio sin distancia social alguna. Insisto en que no han sido todos, naturalmente, pero creo que tampoco han sido casos excepcionales los contagios en bodas, fiestas y conciertos como el de Les Castizos en la sala Kokun de Málaga, en que uno de los asistentes escupía Jagger sobre los demás en medio de la fiesta. Aquí tienen el vídeo que enlazo del canal de Youtube de Marca.
Algo similar ha sucedido con las mascarillas. Por doquier he visto gente sin ella o con ella mal puesta. No entraré en la multitud de excusas, desde el calor hasta dificultades respiratorias, que se han esgrimido para no emplearlas. Sí señalaré que nadie controla con rigor su uso. Yo he visto desde personal sanitario con la mascarilla al cuello atendiendo a un paciente hasta señores mayores subiendo a autobuses interurbanos con el rostro descubierto pasando por jóvenes en el metro de Madrid haciéndose selfies sin mascarilla. Me temo que, a medida que ha pasado el tiempo, ha crecido una falsa confianza y se ha extendido una relajación.
El metro me ha parecido particularmente peligroso. Pasajeros sin mascarilla, ausencia casi total de personal y vigilantes que velasen por su uso, aglomeraciones… Se habla mucho, y con razón, del peligro de Barajas, pero deberíamos prestar atención también al metro. Algo similar sucede en el transporte interurbano. Muchos pasajeros comen y beben en los coches -algo que está prohibido – y se sacan las mascarillas. Otros directamente se la bajan porque les da calor. Los conductores, en general, no vigilan si quien sube lleva mascarilla o la lleva bien puesta. Es aún más difícil que ellos solos puedan verificar si todos la llevan y detectar si alguien se la quita o se la baja.
La mascarilla y su uso -o la falta de uso, en realidad- dice mucho de nosotros como sociedad. El que no se la pone o se la pone mal a sabiendas no sólo se expone a contagiarse, sino también a contagiar a otros. Sin duda es molesta, pero es un mal necesario para atajar la extensión de la pandemia. ¿Cuánta gente tiene que morir para que esos irresponsables vean que esto no se va a detener con conductas como las suyas? Esto sucede porque no tiene un reproche social. Nadie dice nada. Nadie se marcha de un comercio -bueno, yo sí lo hago, pero me temo que somos pocos- porque el encargado permita clientes o empleados sin mascarilla. Nadie exige que se mantenga la distancia social o que un determinado pasajero se cubra no sólo la boca, sino también la nariz.
Así nos va.
P.S. En otro momento, querría escribir con algo más de detalle sobre los servicios sanitarios y lo que he visto en estos meses.

 

facemask-5194929_1920
https://pixabay.com/es/photos/mascarilla-coronavirus-m%C3%A1scara-5194929/

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *