El caso de Leopoldo López -la evidente injusticia de su condena y las condiciones infrahumanas de su encierro- se estudiará algún día en las Facultades de Derecho como ejemplo de vulneración sistemática de derechos humanos por parte de un Estado.
La celebración de juicios-farsa no es nueva. Al contrario, es una de las técnicas de manipulación de masas más empleadas, por ejemplo, durante el Terror de Yezhov o Gran Purga (1936-1938). Los llamados Procesos de Moscú contra antiguos miembros del Partido Comunista muestran el poder de la propaganda cuando se hace desde los estrados de un tribunal.
El comunismo no ha cambiado. Sigue sirviéndose del aparato del Estado -y, en particular, de su sistema judicial- para dotar de apariencia de legalidad a la injusticia y la vulneración de derechos humanos. Aún está reciente la respuesta que Raúl Castro dio al periodista que le preguntó por los presos políticos en Cuba: “dame la lista”. Los chavistas tuvieron unos maestros muy eficientes en la represión de la oposición: los asesores cubanos enviados por La Habana.
Baste señalar que Venezuela abandonó en 2013 el sistema de derechos humanos interamericano por las resoluciones que la Corte de San José de Costa Rica iba dictando contra el Estado que los chavistas todavía controlan. Entre 1995 y 2012 el tribunal dictó 16 sentencias condenatorias contra Venezuela que recogían, entre otros pronunciamientos, indemnizaciones por importe de 9.700 millones de dólares para 250 víctimas demandantes. Uno de los casos más sonados fue la condena por el cierre de Radio Caracas Televisión. El Estado solo ha acatado parcialmente algunas sentencias.
Así, los venezolanos han sido privados del acceso a un sistema de tutela de derechos humanos independiente del poder político. Esto es especialmente grave cuando se examinan casos como la condena a Leopoldo López. En efecto, el fiscal Franklin Nieves, que intervino en el juicio contra el opositor y ha buscado refugio en los Estados Unidos, ha denunciado que “el 100% de las pruebas contra Leopoldo López se inventaron”.
En España se ha publicado el libro “Preso pero libre” con los textos que Leopoldo López ha escrito desde su encierro en la cárcel de Ramo Verde y que prologa Felipe González. En muchas cosas, recuerda a los que uno ya ha leído sobre los presos en las cárceles de los Castro o la literatura de los disidentes soviéticos.
En los países comunistas, como en todos los regímenes totalitarios, ser opositor -y, a veces, hasta abogado de opositores- es un riesgo no solo para la libertad sino para la propia vida. El desprecio por los derechos humanos del régimen de Maduro, sin embargo, es una de las pruebas más sólidas de su evidente decadencia. El temor al referéndum revocatorio -que presentaron como un logro y, en realidad, era una trampa- está llevando al presidente a una huida hacia adelante que terminará de precipitar su caída.
Ojalá sea pronto.
